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KUROKOS

  Han vuelto. Es extraño. Cuando era niña podía verlos claramente. No es verdad que los kurokos de los niños sean pequeños. Ellos no cambian de tamaño, no crecen. Van, sí, perdiendo la nitidez de sus bordes, la negrura intensa y elegante de sus ropas, esa especie de casaca larga por debajo de la cual asoman anchos pantalones un poco cortos, la negrura perfecta de sus guantes, de su calzado. ¿Por qué se dice "impoluto" solo del blanco? El velo de los kurokos también es negro pero traslúcido, para ver y no ser vistos. Fue un kuroko quien sostuvo mi bicicleta cuando mis padres aplaudieron que anduviera sin perder el equilibrio, otro, o tal vez el mismo, quien me indicó el camino de regreso ese día que todos recuerdan porque me perdí. No lloraba, dicen. Fue en el bosque Lillo y el sol estaba cayendo. Puedo saber que sonreían aun sin haber visto nunca sus caras. Yo jugaba con ellos, creía que todos los niños lo hacíamos, aunque en realidad no pensara nunca en eso. Uno no piensa

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